Había un oso hormiguero que era grande e intelectual. Era jardinero y escritor de historias de la vida real. Una tarde muy dorada, de intenso y hermoso resplandor, tuvo la brillante idea de sembrar flores al sol. Fue al vivero de la ciudad, un lugar de gran belleza, y compró cuatro hortensias como si fueran para la realeza. Mientras los hoyos cavaba con esmero y con decisión, vio unas hormigas pasar y sintió gran tentación. —¡Delicioso! —exclamó el oso—, ¡mmm, qué energía y qué sabor! Justo lo que necesitaba para mi linda labor. Y así plantó sus hortensias, terminando su misión. De seguro escribirá esta historia en la noche en su sillón.
Quiero decirte, papá, con el alma, el orgullo profundo que siento por los dos: tú, mi maestro firme y mi ejemplo; y yo, tu hija, que admira tu recto y hermoso corazón. Me diste la brújula para la travesía, la disciplina honesta, la perfecta simetría, el valor de la mano que en familia se da y el arte de las cosas hechas con amor. En tus manos de artista en el torno, donde el metal se transforma en mágicas formas, reconocí el origen de mi propia destreza: el pulso en el detalle y la paciencia. Eres un puente sobre nuestro camino, Un puente de valores y de fuerza, que une mi presente a tu naturaleza. Por eso y por tanto, la vida se ilumina. Feliz día, papá, artesano y amigo, gracias por cuidarme, protegerme y amarme.